La fotocomposición, un puzle muy complejo

     La fotocomposición, aunque comienza a comercializarse a partir de la década de 1940, no se introduce en El Norte de Castilla hasta 1978, junto con la cinta perforadora. El uso de esta técnica quedaba en manos de los fotocomponedores, encargados de dar utilidad a las máquinas fotocomponedoras.

     Estas máquinas proyectaban una luz a través de una película negativa de caracteres, y a través de una serie de lentes se podía aumentar o disminuir el tamaño de estas, es decir, permitían componer páginas a partir de negativos. Después de varios baños químicos, los fotocomponedores ya tenían el material necesario para “cortar y pegar” y producir así las cintas fotográficas compuestas. Era la primera vez que se trabajaba “en frío”.

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     En 1975 esta técnica ya caracterizaba a una treintena de periódicos españoles, y en 1977 ya eran 48, aunque El Norte de Castilla esperó un poco más para introducir  las máquinas fotocomponedoras en su sede, y eso sucedió cuando este aún estaba ubicado en la calle vallisoletana de Duque de la Victoria. En esta sección trabajaban 12 personas a las que hay añadir otras seis que se centraban en la parte del montaje.

      Las noticias se sacaban en tiras escritas en columnas, y a partir de allí los fotocomponedores cortaban y pegaban a la vez que añadían la publicidad, y todo para adaptar los escritos a las maquetas a tamaño real. De allí la importancia de la técnica de la “pirámide invertida” en aquel momento, ya que los trabajadores de la fotocomposición no se dedicaban a leer las noticias y recortar lo menos relevante, sino que recortaban las últimas líneas indiferentemente de los que hubiera redactado en ellas. Debido a la necesidad de utilizar el papel fotográfico, no era un proceso barato, aunque sí rentable.

     Después de la composición se pasaba al montaje, técnica que se realizaba sobre unas mesas traslúcidas e iluminadas desde abajo. El diseño de la página era el resultado de hacer un puzle tan complejo que solo los trabajadores más cuidadosos, los verdaderos artesanos del periodismo, tenían la capacidad para montar.

Por Marta Serra, Lucía Ruiz y Germán Prieto

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